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Horario: abierto de 11 a 20 h
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PROJECT MOSCOW

18 septiembre - 19 octubre 2014

PROJECT MOSCOW

Marta Alvim: The Death of an Owl, 2012
Vídeo HD, color, sonido; 9 min 45 s

Christian García Bello: Los tres estanques, 2012
Vídeo HD, blanco y negro, sonido; 8 min 25 s

Jacobo Bugarín: Carta a las generaciones futuras, 2012
Vídeo HD, blanco y negro, sonido; 10 min 46 s

Federico Vladimir Strate Pezdirc: Vladimir x3 el Grande, 2012
Vídeo HD, color, sonido; 24 min

Comisario: Alberto Cartón
Habrá un único pase diario que comenzará a las 12:00 h (excepcionalmente el 18 de septiembre la proyección comenzará a las 20:00 h)


Project Moscow

La idea del desplazamiento personal a un espacio geográfico excéntrico se abre a factores de índole especulativa, en los cuales el individuo se convierte en actor protagonista de su propia existencia pautada, y en gestor animado de su aceptación en la soledad de lo desconocido.

Esta realidad psicológica, que afecta al carácter propio y se materializa en situaciones de desconocimiento efectivo ante otras realidades objetivamente disímiles, es particular cuando la aceptación del viaje obedece a sugerencias creativas que impulsan a la persona a aceptar un reto, más allá incluso de la propia actividad del alejamiento momentáneo. Es afrontar una situación de inestabilidad ante la duda, ante la exigencia, ante la necesidad de acotar en plazos los procesos más sinápticos de la sensibilidad, hasta motivarlos.

La particularidad de Project Moscow es, sin lugar a dudas, el tratamiento colectivo de una acción artística en una ciudad ajena que, pese a su aparente uniformidad de criterio, es profundamente variable, al conjugar cuatro creadores con cuatro personalidades características, y cuyos resultados, investigados en la misma localización, nos conciencian de la variabilidad de los estados anímicos, de su influencia en el subconsciente y de la transmisión de requerimientos intelectuales entre la sensitividad, la percepción y su conversión en lenguaje.

Contextualizar un proyecto desde la distancia, y sin la influencia inmediata del entorno, sumerge a la persona en un estado anaeróbico y casi de ensoñación donde el principal amarre, el respiro y la seguridad proceden de uno mismo para poder enfrentarse al caos externo, a la agresión de lo extraño y a la belicosidad incisiva de la distancia. Precisamente, en las propuestas artísticas de Project Moscow, comprendemos que la introspección, el análisis endémico y la confrontación con la investigación, resultantes de la aceptación del desencuentro desde el encuentro, generan en ellas una fecundidad estructurada en torno a la dependencia de la memoria, de lo inmaterial e incluso de la justificación ante una sociedad despojada de la habitual seguridad que aporta aquella que es diaria o inmediata.

La historia individual impuesta sobre la urbana

Detectarse primero uno mismo; seguir conociéndose en un tiempo determinado, convulso en la confrontación con un ambiente extraño; apurarse dentro de un elemento con características subjetivas profundas en el cual la observación adquiere un peso definitivo. Estos condicionantes, habituales en el viajero expectante ante el espectáculo de la ciudad en su arranque enemiga, señalizan como balizas el lenguaje emanado de dos conceptos claves: la deriva y la psicogeografía. Estas acepciones son uno de los puntos de apoyo en los cuales Project Moscow se asienta. Pero si es cierto que atenerse a ellas es ineludible, también lo es el hecho diferencial que encuadra la acción: la vinculación con la veta reflexiva del individuo que es conocedor del propósito ejecutivo de su actividad y de su presentación ante el colectivo segmentario que asistirá a la conformidad como extranjero desubicado del protagonista, hasta reasimilarse y mantener esa disfunción entre realidad temporal y realidad somática.

Así, en una vertebración inconformista, se anula la alienación y se reivindica el yo, enfrentándolo a la reflexión sobre la ausencia, a la crítica, yuxtaponiéndolo a lo puntualmente cotidiano que resulta la estancia en otro lugar.

La sobresaliente influencia de la ciudad de Moscú en los artistas es manifiesta cuando la inicial perplejidad, el asombro y el arranque del efecto tour se quiebran para reconvertirse en un ensimismamiento que, aun participando de lo externo, se implica sólido en la búsqueda de la dependencia. Este es precisamente uno de los valores de Project Moscow: conseguir que la capital rusa adquiera entidad de matraz donde depositar y analizar las injerencias inmediatas y decantarlas para analizar el grado de permeabilidad y de saturación que se es capaz de soportar, hasta cambiar de forma.

El tránsito

Cuando el observador se enfrenta a las narraciones de cada uno de los artistas, comprende los grados de abandono inicial y de meditación posterior en los que se anudan. Christian García Bello adivina en espacios de sosiego la historia perdida de un lugar moscovita que, a su vez, le sirve de refugio para alejarse de la multitud y reconcentrarse en la vivencia particular que una estancia forzada ha dictado. Pero este capítulo insistentemente sentimental procede de un estudio realizado no en Rusia, sino en España: demuestra así que la involución del recuerdo nos hace traspasar las lindes del desengaño para engañarnos de nuevo, fluctuantes, en un estado de consciencia remota que nos induce al retorno a emplazamientos físicos que fueron queridos. El valor de esta aseveración agrupa un conocimiento moral de lo que es bueno por resultar agradablemente recordado.

De la misma forma, Jacobo Bugarín edifica una estructura primaria polidimensional, donde lo personal se derrama en la comprensión del hoy desde el ayer. La arquitectura y el urbanismo de Moscú adquieren una itinerancia europea donde encallan y horadan el subsuelo ingratos complejos de la muerte, de lo exánime, de la vigilancia férrea: de los hitos peores del ser humano. Hay, también, una crítica al presente y un encadenamiento a la quimera que llevan a atrincherarse de nuevo en lo materno como refugio. Vemos así que la ciudad esconde una geoda uterina hacia la que dirigirse, para apartarse y protegerse.

La fenomenal presencia de otros tiempos y estadios sociopolíticos en Moscú aparece constatada en Project Moscow, pero con una asunción por cada artista con carácter no literal que refuerza uno de los valores de la acción: allanar la diferencia y, una vez resuelta esta, permeabilizar sin retóricas el medio físico en el medio anímico. De la misma manera —como plantea Federico Strate—, la grandiosidad de la capital redunda en la grandiosidad del autor e impele verazmente la egolatría generosa que es el conocerse y reconocerse para exaltarse. No basta Moscú, no basta Rusia, no basta Europa, no basta la Tierra: solo como cosmonauta se trasciende en el universo. La tristeza que puede significar no respetar la historia, no respetar los monumentos humanos a la historia, convertirlos en simples enseres domésticos de un solo uso, se traduce en la alegría del escapado y en la mirada hacia la verticalidad del foco del espacio. Pero es también, al final, la llamada a la calma, al líquido amniótico, a la contención, la que frecuenta la fiebre de la megalomanía y la desploma en una exhibición de inviolabilidad ante el estrellato.

Marta Alvim ocupa un estrato que también se flexiona sobre las presencias ausentes y sobre el rutinario desplante del ser humano hacia su entorno. El hombre sedentario, que puntualmente es nómada, para dejarse seducir captura e inflige prisión a otros seres vivos, por el mero placer de la contemplación sin riesgos de ataque en una celda controlada. Sin embargo, es el propio hombre el que es reo de sus miedos, de su incapacidad de controlar la naturaleza, y por tanto incapaz también de controlarse a sí mismo. Por ello, la socialización y la vida inanimada de la masa, que aportan el beneficio —otra vez el refugio— de la protección, de la seguridad, en definitiva de la irracionalidad.

El retorno

Project Moscow es la demostración de las posibilidades que permiten evidenciar la importancia de la propuesta: conjugar diferentes recursos para que confluyan en uno solo; avecindar a cuatro artistas para que modifiquen durante un tiempo determinado sus prácticas habituales y acepten la intermediación de lo ignorado y de la distancia provocada en sí mismos. Moscú aparece y desaparece, pero es Moscú el germen nutricional de los procesos reflexivos. El valor de Moscú se incrementa así, eliminándose la actividad del viajero inconsciente que recorre las calles, graba y fotografía como autómata los símbolos habituales, ganándose la actividad del artista que contempla el espacio urbano y a sus habitantes, aplicando metáforas y contraviniendo lo estático para movilizarlo en lo mutable.


Folleto de la actividad

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15703 Santiago de Compostela
España
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Fax: (+34) 981 546 625
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