El aislamiento, que en un espacio natural nos acoge y nos protege, es también el más propicio para cometer un crimen. Los lugares no son testigos de nada, los lugares no nos ven, nosotros los recreamos, nos apropiamos de su tiempo perdurable, de sus cambios lentos, de su majestuosa indiferencia hacia nuestro fugaz devenir. En nuestros paseos hay momentos en que, fundidos con el entorno, llegamos a desaparecer en un gozoso caminar hacia ninguna parte. Con un sentido paradójico, la expresión “dar el paseo” resonó trágicamente en la Guerra Civil tras la ocupación de los sublevados. Miles de personas fueron asesinadas, y muchas de ellas en lugares apartados como estos.
En la serie El final aquí el punto de vista de la cámara está situado en el lugar donde cayeron los paseados. No es posible reproducir lo que estas personas vieron por última vez, si es que en esa trágica circunstancia se puede ver otra cosa que los propios pensamientos, pero éstos son los lugares que otros eligieron para su final; nosotros sí los vemos, y en ellos su última mirada.
